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Estudios literarios

La maldición del diablo o la muerte de la identidaden la nueva novela histórica panameña: dos modelos*. 

Por Carlos Fong 

             En un estudio sobre la novela panameña titulado: Rasgos de identidad y novela panameña: 1972-1998, Rogelio Rodríguez Coronel afirma que “la novelística de los últimos treinta años revela que existe una identidad cultural panameña estructurada en su historia” (Coronel, 2001). Nosotros queremos sumarnos a esta aserción crítica, pero, además, fortalecerla con una hipótesis que puede ser el tema de discusión en esta ponencia: La novela panameña de los últimos treinta años, no solo tiene rasgos que representan la realidad de una  panameñidad que a su vez redefine la identidad cultural, sino que se enmarca dentro de un nuevo modelo de la novela histórica que se ha venido escribiendo en Centroamérica y que a la vez se inscribe en una tendencia de la novela hispanoamericana.     

       Ante todo,  es necesario que hagamos un esfuerzo para describir los elementos que identifican a esa nueva novela histórica. Para eso nos ayudaremos con otro estudio del crítico alemán Werner  Mackenbach titulado: La nueva novela histórica en Nicaragua y Centroamérica donde este autor describe los rasgos distintivos de esta narrativa. Pero antes de ver estos elementos quisiéramos aclarar el concepto de lo que es la novela histórica tradicional para distinguirla de la nueva novela histórica. Respecto a la novela histórica latinoamericana Sergio Ramírez Franco ha dicho que ésta se caracteriza por “la reconstrucción de un momento de la historia que se considera relevante o decisivo. Se enfatiza la crisis de la vida social, la colisión de grupos específicos, así como la vida cotidiana, merced a la estructuración novelística que apunta hacia la totalidad orgánica del periodo” (Franco, 1995). También, añade este crítico,  “la novela histórica bebe de dos afluentes: del Historicismo y del Romanticismo. Del primero existe una tendencia a una aprehensibilidad  de las causas de los acontecimientos y a una visión democrática del papel de las colectividades en las transformaciones sociales y, del segundo, existe una visión nostálgica por reconstruir la historia y reinvidicar la relación cósmica del hombre con su pasado”. En suma, se establecen relaciones  precisas  entre un pretérito y un presente. Son novelas históricas, por ejemplo: Bomarzo (1962), de Manuel Mojica Lainez, Yo el supremo (1974), de Arturo Roa Bastos, Terra Nostra (1975), de Carlos Fuentes, y La guerra del fin del mundo (1981), de Mario Vargas Llosa. Todos estos modelos se inscriben en el listado canónico de la novela histórica hispanoamericana; una novela donde la recreación y ficcionalización del pasado se fricciona con el presente, donde “sucesos claves” y “grandes hombres” son empleados por el discurso narrativo como una forma de diálogo entre el sujeto-lector y el sujeto-narrativo.            Regresemos con Mackenbach quien cita a algunos autores para lograr edificar el corpus de la nueva novela histórica hispanoamericana; entre estos destacan los seis rasgos distintivos hechos por Seymour Menton:

  1. Presentación de ideas filosóficas en vez de reproducción mimética del pasado.

  2. Distorsión de la historia a través de omisiones, exageraciones y anacronismos.

  3. Ficcionalización de personajes históricos en vez de protagonistas ficticios.

  4. Metaficción (es decir, cometarios del autor sobre el texto mismo).

  5. Intertextualidad, especialmente la re-escritura de otro texto, el palimpsesto.

  6. Carácter dialógico, carnavalesco, paródico y de heteroglosia.

      Werner también cita a María Cristina Pons que comparte los rasgos distintivos de Menton sumando otros:

  1. Subjetividad y no neutralidad de la escritura de la historia.

  2. Relatividad de la historiografía.

  3. Rechazo de la suposición de una verdad histórica.

  4. Cambio en los modos de representación.

  5. Cuestionamiento del progreso histórico.

  6. Escritura de la historia desde los márgenes, los límites, la exclusión misma.

  7. Abandono de la dimensión mítica, totalizador o arquetípica en la representación de la historia.

      A nosotros nos interesa, sobre todo, los rasgos de una nueva novela histórica Centroamericana, ya que nuestros autores se enmarcan en estos modelos. Para Mackenbach, refiriéndose a un estudio de Ramón Luis Acevedo, donde éste cita a Fernando Ainsa, son diez características de esta nueva novela histórica centroamericana:

  1. Una relectura de la historia.

  2. La  impugnación de la legitimidad de las versiones oficiales de la historia.

  3. Una multiplicidad de perspectivas e interpretaciones.

  4.  El rechazo de una sola verdad.

  5. El distanciamiento de los mitos degradados de la historiografía oficial.

  6. La superposición de tiempos diferentes en la narración.

  7. La intertextualidad.

  8.  El palimpsesto.

  9. Una escritura paródica.

  10. La predominancia de la ficción sobre la historia y la representación mimética.

      Estas características están muy acordes con algunas  que Carlos García  Bedoya hace en torno a la narrativa postmoderna o posvanguardista en Hispanoamérica: o       Hay una tendencia de reflexionar sobre el presente a partir del pasado.o       La recuperación de las fórmulas estéticas (la poesía, la tradición oral, la crónica, el relato, el mito, etc.)o       Utiliza los recursos o métodos para cuestionar la realidad como la polifonía de relatos, el distanciamiento irónico, la escritura paródica, la autocrítica; para cuestionar los actuales discursos que han perdido credibilidad, como el discurso oficial.       De la misma forma Valeria Grinberg Pla en su estudio: La novela histórica de finales del siglo XX y las nuevas corrientes historiográficas hace una radiografía de las intensiones del discurso de la novela histórica de las últimas décadas detectando una serie de características similares: La historia como escritura; el lugar desde el cual se escribe la historia: la escritura desde abajo; el cuestionamiento de la historia oficial; y  la relación entre el presente y el pasado: el rol de la imaginación. Este último rasgo está acorde con lo que Carlos Fuentes ha dicho: “la tradición y el pasado sólo son reales cuando son tocados -y a veces avasallados- por la imaginación del presente”.      Un rasgo más que podemos sumar a estas características de la nueva novela histórica es la experiencia antropológica que se expresa a través de las situaciones existenciales que viven los personajes. Este significado antropológico es lo que Milán Kundera ha llamado una situación histórica existencial reveladora; donde la historia es comprendida a través de circunstancias existenciales que le devuelven al sujeto-lector la dimensión  moral de la historia.      Ahora quisiéramos poner como modelos a dos obras de autores panameños donde hemos registrado algunas de estas características. Decimos algunas características porque no sería cierto si afirmamos que estas obras reúnen todos los elementos citados.  Nos referimos a Manosanta (1997), de Rafael Ruiloba y a El largo camino de regreso (2003), de Rogelio Guerra Ávila; ambas ganadoras del Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró en 1996 y en el 2002, respectivamente.      De la década del 70 hasta la fecha se han publicado muchas novelas, que, aunque algunas no son históricas propiamente, sí tienen elementos donde se reafirman valores identitarios históricos (Coronel, 2001); algunas han merecido el Miró, como Dejando atrás al hombre de celofán (1973), de Justo Arroyo; Nikel –Odeón (1984), de Héctor Rodríguez;  Ataúd de uso (1982) y No pertenezco a este siglo (1991), de Rosa María Britton; Tic… Tac (1993), de Ernesto Endara; Cuando perecen las ruinas,  de Rogelio Guerrea Ávila. Mucho más reciente se han publicado Recuerdo Panamá, de Luis Pulido Ritter, La serpiente de cristal de Tristán Solarte;  Y  cayó sobre nosotros el estruendo de la muerte, de Jilma Noriega de Jurado; Con ardientes fulgores de gloria y El caballo de oro, ambas de Juan David Morgan y Lobos al anochecer, de Gloria Guardia.      Nosotros, como hemos señalado, nos queremos referir a Manosanta y a El largo camino de regreso, especialmente. Vamos a destacar de ambas obras solo algunos de los elementos que hemos referido en torno a la nueva novela histórica centroamericana esforzándonos por hacer énfasis en esas características y no otras que de seguro la crítica especializada se encargará cuanto el tiempo lo pida.      Manosanta es la historia del padre Nicolás Buenaventura (Manosanta) que llega a un mítico y pequeño pueblo llamado San Pablo Viejo, una localidad llena de superticiones donde ocurren sucesos diabólicos como exorcismos y posesiones, al mismo tiempo en que se da el surgimiento del Estado panameño y la problemática de las peripecias diplomáticas que se dan con motivo de la construcción del Canal Interoceánico. Es también el espacio mágico-mítico donde se librará una batalla ente Dios y el Diablo representada en una pelea de gallos que simboliza a los liberales y conservadores. Vemos aquí pues el primer recurso: el papel de la imaginación para crear universos ficticios en el marco de una situación histórica.      También en Manosanta asistimos al  relato polifónico, otro de los elementos de la nueva narratología histórica. Esta el relato antropológico/mágico/cultural, que se da en el Pueblo de San Pablo Viejo y una legión de paganos que en una procesión le rinden culto a una mano en una urna; la pelea de gallo y las investigaciones de Buenaventura; está, por otra parte, el relato histórico/nacional, que es la intriga entre conservadores y liberales que pugnan en medio de las vísperas de la independencia de Panamá y Colombia; y por último está el relato histórico/global (Arias Mora, 2005), que se expresa en los debates políticos y diplomáticos en torno a la construcción del Canal.      Manosanta es la intriga episódica donde se narra la muerte de la identidad, la muerte del poder, la muerte de la soberanía, la muerte de los olores, la muerte de la cultura, la muerte de la verdad y la muerte del proyecto nacional. Novela circular donde se plantea la filosofía del eterno retorno: nada es que no haya sido que no será, diría Borges, y que une tres relatos: uno local, uno nacional y uno universal. También es una novela donde se introduce el elemento filosófico a través de la representación histórica que es otra constante en la nueva novela histórica. ¿Qué significa la muerte para los habitantes de un pueblo que se debate entre el bien y el mal? ¿Qué es la identidad en un país que está atomizado por los juegos del poder? ¿Qué es la modernidad en el marco histórico del nacimiento del Estado panameño? ¿Qué significan la cultura y la identidad; la libertad y la democracia, aún después de la independencia?      Manosanta es una novela que se narra desde abajo como apunta Valeria Grinberg: “El conocimiento histórico es un producto de la escritura de la historia”. En la novela de Ruiloba la narración se niega a contar la historia desde un punto de vista positivista y realista, pero esto no significa que se degraden los hechos históricos, sino que son ponderados por una escritura que se narra desde lo local, lo privado y lo cotidiano, hecho que enriquece la naturaleza de la identidad y ayuda a su comprensión. Esto lo podemos probar con el uso de personajes marginales (la curandera y las mujeres poseídas), las circunstancias cotidianas (la pelea de gallo, la procesión, las supersticiones de la comunidad); también se puede verificar a través del lenguaje: el uso de la parodia en la frase narrativa, la hipérbole, la intertextualidad; estos recursos son necesarios para comprender la concepción estética del autor en torno a la novela y su propósito: cuestionar la posibilidad de acercarse al conocimiento de la historia sin los recursos del positivismo y el realismo, transgrediendo la historiografía. Porque las técnicas del positivismo son insuficientes para narrar una historia tan compleja que se bifurca en el tiempo y el espacio. Insuficiente para narrar una identidad que es multiplural.      El largo camino de regreso de Rogelio Guerra Ávila es nuestro siguiente modelo.  En esta novela no abundan los recursos de la nueva novela histórica ni tampoco su estructura es tan compleja, pero sí tiene algunos elementos que vale la pena mencionar y que la inscriben dentro de los modelos de la narrativa histórica postmoderna, según nuestra valoración crítica. El largo camino de regreso no tiene como atributo una construcción circular, ni en su escritura abundan las técnicas, ni tampoco su intriga episódica es novedosa. Su atributo es la estrategia textual utilizada por el autor. De lo primero que se vale es del uso de la periodización del tiempo: la obra empieza temporalmente en 1987, luego se traslada a 1920, en seguida a 1921 y después a 1991, y finalmente termina en 1989. Esta superposición de tiempos en la novela, que es una de las características de la nueva novela histórica, obliga al narrador a trasladarse de espacios y puntos de vistas distintos.      Recordemos la trama de la obra: En la altísima y fresca región de Boquete se encuentra una dama de noventa años cuyo nombre es Maigualida Cabarca. Ella recibe la revelación de un secreto de parte de su hermana menor que agoniza en el lecho: Pedro Mártir, el hombre de quien Maigualida se había enamorado a los quince años está vivo. Todo lo había planeado su padre, quien le había hecho creer que el joven había muerto en la Guerra de los Mil Días. Maigualida, presa del asombro, se refugia en la soledad y todos creen que ha enloquecido. Aquí vemos un elemento del discurso narrativo: la exageración, pues esta pareja no ha dejado de amarse nunca a pesar de que los han engañado a ambos, quizá enlazados, sin que lo sepan, por los poderes de clarividente de la Maiguilida.  Pero el destino traidor tendrá clemencia de los enamorados eternos y finalmente los unirá en el ocaso de sus vidas.      En el lapso de 75 años Rogelio Guerra Ávila nos hará viajar en la historia que no es una historia lineal. Uno de los elementos que caracterizan a esta obra es la revalorizaron del sujeto histórico: en la novela la historia no se sirve de los personajes, sino al revés: son los personajes los que por medio de los acontecimientos se realizan. Los personajes ficticios interactúan con los personajes históricos-reales, y se rescatan del olvido figuras de la cultura nacional y también de la cultura colombiana. El arte también es revalorado como una propuesta cultural: la arquitectura, la música, la educación, la literatura, la botánica encuentran un espacio en una historia narrada con lucidez y sencillez. El mito y la tradición son reconstruidos y rescatados de la degradación historicista.      Veremos en esta novela la polarización entre ciudad y campo, entre lo urbano y lo rural; así como una serie de descripciones no miméticas de las costumbres cotidianas de cada época a través de las circunstancias acaecidas a los personajes. Es importante destacar las tensiones históricas y sociales en la obra, pero narradas desde una visión local y privada desde el punto de vista del narrador omnisciente. La tensión aquí también se simboliza en un duelo de acordeones en una localidad de la Guajira, en un aposento llamado “La Cinaruca”, entre Pedro Mártir y un misterioso forastero llamado Francisco Moscote. Años después se entera el pueblo que aquel forastero logró vencer en un desafío musical al mismo diablo. Hay una vez más un elemento hiperbolizante y mágico: el duelo dura tres días hasta que los dedos de Pedro Mártir no aguantan más.       La novela la historia se relata desde dos historias paralelas que cuentan el desarrollo político, social y cultural de dos naciones, y los vínculos que las unen históricamente, y los poderes que las han corrompido.      Creemos que la identidad aquí también es retomada desde una dimensión moral para que reflexionemos desde el presente sobre el pasado. ¿Qué elementos de nuestros valores se han perdido en la capital? ¿Cuáles son los valores que nos une con el otro? ¿Cuáles son los cambios que ha experimentado Panamá en sus costumbres, en la moda, en la idiosincrasia y la ideología? En la novela también encontramos circunstancias existenciales históricas a través de los códigos de los  personajes: qué es la esperanza, el arte, el yo, el otro, la fiesta, el sueño, el miedo, el sexo, el humor, el destino…en fin. Asistimos a una novela donde la realidad histórica es representada desde una complejidad y problemática de sentido, de esclarecimiento a través de la nostalgia.      Hemos tratado de reconocer algunos elementos de la nueva novela histórica en dos modelos panameños: Manosanta, de Rafael Ruiloba y  El largo camino de regreso, de Rogelio Guerra Ávila. Creemos que hay suficientes pruebas de cómo ambas obras logran hacer una representación histórica abordando elementos identitarios a través de lo local, lo urbano, lo nacional y lo internacional. Que en ambas obras se aborda el tema de la identidad que se sintetiza en una problemática y las preocupaciones de un ser panameño ambivalente y contradictorio. La parodia, la ironía, la trasgresión, la sátira son recursos para distorsionar la realidad histórica sin oscurecerla, lo que tampoco significa aceptarla.            Ambas novelas nos obligan a cuestionarnos en nuestro tiempo: ¿Tenemos un proyecto de nación?; ¿un proyecto de desarrollo cultural?; en la actualidad ¿los poderes institucionales y políticos se han apropiado de nuestros referentes culturales?; Y la identidad ¿se puede pensar en ella como algo que se construye y reconstruye para mejorar la calidad de vida de los panameños? No permitamos, como dice el personaje de Manosanta, la muerte de la identidad, porque aún no se ha cumplido la maldición del diablo.

 


* Ponencia presentada en el  PRIMER ENCUENTRO DE ESCRITORES, CRÍTICOS Y LECTORES (Rumbos de la literatura panameña actual: 1970-2006), organizado por la Asociación de Escritores de Panamá y la Facultad de Humanidades de la Universidad de Panamá. Jueves 28 de septiembre de 2007, en el Salón de Profesores Octavio Sisnet. 

 

 

 

UNA MIRADA A
LA NUEVA P0ESÍA PANAMEÑA
 
 

EN LA DÉCADA DEL NOVENTA

Por: Carlos Fong

INTRODUCCIÓN

 

Tratar de demostrar lo que la poesía panameña ha sido durante el periodo posterior a la invasión del ejercito norteamericano en 1989, constituye una interesante lectura que lleva a una apasionante discusión sobre el tema. Primero porque no es fácil ubicar las líneas creativas o los códigos estéticos de estos autores dentro de una postura ideológica-estética común en el marco de la post-invasión; y segundo, porque el mismo concepto de generación de post-invasión es un tema que todavía se discute, porque a pesar de que en los noventa existieron circunstancias sociales comunes no todos los poetas representan la realidad desde un conjunto de procedimientos que los vincule a una generación que se pueda llamar de post-invasión. Preferimos entonces limitar este estudio a los autores que publican por primera vez en los noventa y que han tenido una labor continua y productiva hasta la fecha. Nos interesa sobre todo tener un acercamiento a los poetas más representativos que aparecen por primera vez en el panorama literario al finalizar la década del ochenta y dar una perspectiva general de sus manifestaciones literarias y sus elementos; así como intentar establecer las relaciones comunes que los vinculan en un periodo histórico literario particular.

DELIMITACIÓN HISTÓRICA

Los años noventa empiezan en Panamá con la abolición del militarismo,  la restauración de la democracia y el esfuerzo del gobierno del presidente Endara por sacar al país de la zozobra. Es también el inició de luchas y divisiones entre la oligarquía que en el momento ostentan el poder. Es la década de las reformas económicas por parte del presidente Balladares que debilita el papel del Estado y abre paso a las políticas neoliberales. Es la década del desencanto por parte de una mayoría que vive en condiciones de extrema pobreza y que creyó en consignas cargadas de esperanzas por parte de los partidos políticos. Es la década de grandes manifestaciones de obreros, educadores y estudiantes por causa de las reformas al Código de Trabajo y
la Educación. Y también es la década que se cierra con otra promesa llena de ilusiones con la reversión total del Canal de Panamá y la recuperación de su soberanía.

            La cultura también tiene su espacio en los noventa: en 1991 se realizó el Primer Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes que se repite en el siguiente año. En 1993 se realiza otro encuentro de escritores. Hay una evidente efervescencia literaria: el INAC  crea  una nueva colección, Nuevas Letras de Panamá,  que permitirá a muchos autores jóvenes ver por primera vez sus textos en letras impresas. Se crea el concurso Gustavo Batista Cedeño para autores que no hayan cumplido los 35 años, para honrar la memoria de un joven poeta, Gustavo Batista, que muere en 1991 y cuya obra se publica póstumamente en 1992 con el título de Áncora y otros poemas. Hay recitales, coloquios y mesas redondas por doquier y nace un nuevo colectivo de autores que se conocen en el Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes: Umbral, quienes editan una revista cultural con el mismo nombre. No se debe dejar de mencionar el Colectivo José Martí que organizó y dirigió el poeta Héctor Collado y del cual emergieron algunos de los poetas que estudiamos.

DELIMITACIÓN CONCEPTUAL

            Al referirnos al concepto de “nueva poesía” en este estudio nos estamos apoyando en ciertos puntos de referencia dentro de un periodo histórico preciso: los 90. Por lo que estamos tomando en cuenta los siguientes elementos: época de iniciación, fecha de publicación, adscripción y rechazo de algunos temas comunes, común circunstancia histórica, participación en colectivos literarios, modo de representación de la realidad, una formación cultural identificable en los estilos de los discursos. A pesar de estos acercamientos no es posible delimitar un común código estético ni una preferencia generacional que enmarque a estos autores como una generación. Muchos de ellos cronológicamente están separados por generaciones, como veremos. Además, sería demasiado osado hablar de un grupo cohesionado por una estética-ideológica o un cuerpo doctrinal atraído por una poética concreta. Veamos.

            Recordemos que algunos de ellos pertenecen, cronológicamente, según la clasificación de Arístides Martínez Ortega, a una tercera generación de post-vanguardia: Alexander Sánchez (1968), Martín Testa (1962), Indira Moreno (1969), Katia Chiari (1969), Irik Limnio (1969), Porfirio Salazar (1970), Salvador Medina (1973), Errol Caballero (1975); pero otros, como Javier Alvarado (1982), ya pertenecen a una cuarta generación de post-vanguardia. En este trabajo, nos hemos visto obligados a mencionar, inclusive, a poetas de la segunda generación de post-vanguardia que, a pesar de que han pertenecido a colectivos literarios en la década del ochenta y publicado en revistas y periódicos, y que han obtenido premios, no es hasta en el 90 que publican un libro como propiamente tal. Es el caso de Luis Fuentes Montenegro (¿…?), Luis Guardia (1955) y Leoncio Obando (1959).

¿Cómo se expresan las voces que aparecen en esta década y cuáles son los elementos que caracterizan su discurso? Algunos de los poetas que publican en esta década por primera vez no lo hacen más hasta el momento en que se escribe este trabajo; por ejemplo, Contra el silencio (1991) de Luis Fuentes Montenegro y Parajes, estaciones y cielos (1991). Ambos poetas apelan a los lugares comunes, a la memoria y la reinvidicación  de las cosas cotidianas; le hablan a la realidad con nostalgia pero también con esperanza; con los nuevos signos de la existencia para luchar contra la incertidumbre. La ciudad, la casa, los lugares comunes aparecen en su discursos como objetos de renovación para la palabra, contra el bullicio y, a la vez, el silencio.  

Leoncio Obando (1959) publica La voz de las tinieblas (1992) poemario que le mereció el concurso León A, Soto en 1991. Nuevamente los parajes, los recuerdos, la familia,  las calles solitarias, la ciudad como protagonista, pero esta vez las sombras y los escombros con imágenes apocalípticas son el objetivo del sujeto hablante: “Al fondo de la nave / de los tiempos / veo rebasar alturas / y siluetas de cadáveres”.

El lenguaje algunas veces oscuro y a la vez rítmico de Alex Mariscal (1959) lo descubrimos en su primer libro Escritos sobre el anochecer y otros poemas (1995). La musicalidad y los recursos vanguardistas de Mariscal logran crear un equilibrio transparente con sencillas notas de imágenes que no aspiran a lo sublime pero que alcanzan sutil belleza: “Amo las calles / con sus pies desgastados, / a las estatuas / con sus pies desnudos”. La música se hace sentir con los versos pausados y cortos, y otra vez las calles y la ciudad son el centro del hablante: “Las / calles / se pueblan / de seres / que resisten / el olvido”.

Porfirio Salazar (1970) es el poeta más productivo de la década del noventa: publica 8 poemarios de 1991 a 1999. Dos de ellos ganan el Concursa Nacional de Literatura Ricardo Miró. Nos hemos decidido, para este trabajo, en mencionar dos de esta producción: Los poemas del arquero (1991) y Epístola en verso para un arlequín (1996), este último ganador del Premio de Poesía Gustavo Batista. En su primer libro el poeta ya demuestra madurez y dominio del verso clásico: los sonetos y los romances, aunque también demuestra genio para el verso libre lleno de imágenes: “Yo soy el diáfano arquero de tus tardes. / Tú, mi cristal y mi flecha”. La valoración de estos poemas la encontramos en los múltiples registros y lecturas que hace el poeta de la realidad desde una mirada metafísica y existencial, con un romanticismo casi ingenuo y casi lúdico: “Puedo disfrutarte, aunque a veces te pierdas, / y perdida, aunque estés en voz y carne, / te reclama lo que tengo, / tu otra parte recorrida”. En Epístola en verso para un alerquín (1996) Salazar hace un homenaje a al celebre cómico Charles Chaplin en un corto discurso que deja registrado la personalidad y el carácter del actor “Entras al escenario: hombre niño, / abuelo de esplendor, bufón del sacrificio, / estatua en movimiento, / ángel parlachín verdugo de discordias…”.

Martín Testa Garibaldo (1962) merece especial atención. Fue parte del taller José Martí y es el único poeta que mantiene una constante temática en su discurso: el tema de la invasión. De parte y novedades (1995) es su primer poemario con el tema del nefasto 20 de diciembre de 1989. “Madrugada de cenizas / percepción infernal / Cada estruendo  / nos muda el mapa” el texto es un recuento cronológico de los días en que fue sitiada la ciudad por las tropas norteamericanas aquella noche del 20 de diciembre hasta el verano donde “sin playas / sin carnavales / ni un carajo / solo el calor / de nuestros muertos…” el sujeto lírico se estaciona para apelar a la reconstrucción y a la memoria. En 1996 Martín Testa gana el premio de poesía Gustavo Batista con su libro Estaciones ocupadas (1998). Otra vez el poeta maneja el tema de la invasión con una estructura en el discurso parecida a la de su primer libro: la crónica poética. El sujeto lírico nos narra esta vez desde las estaciones húmedas y secas las  imágenes de una geografía ocupada: los caminos / condenados por el olvido / protestan en invierno” y “…en el mes de las comparsas / un carnaval de zozobra / reemplaza las serpentinas”.

Alexander  Sánchez (1968) aparece en la escena de los de noventa con un poemario titulado Octubre y otros poemas (1991), texto que es superado por Jazz (1995). Aquí los versos del poeta logran imágenes mejor logradas y su voz es más personal y madura: “¿Qué harías conmigo / si los velámenes del amor / me empujaran a tu puerto?” el tema del amor es retomado con cierta nostalgia y sencillez.

Indira Moreno (1969) publica Cantares de un silencio (1999) poemario que le concedió
la Mención de Honor en el Premio de Poesía Gustavo Batista en 1999. Poesía con tono rebelde y sentido social deja que cuestiona la realidad: “¿por qué no quemaste / los días que hoy te ahogan / con pétalos de nieve?” .

Quiero mencionar a dos poetas que me parecen interesantes en sus temas pero distintos en sus lenguajes: Irik Limnio (1969) y Errol Caballero (1975). Ambos han publicado poco pero sus textos son de profundas resonancias. Irik Limnio no tiene libro individual aún, aparece en La antología de novísimos poetas (1999) que editó el INAC. Sus poemas dejan un sentido lúdico de la realidad y la lectura del mundo es para el poeta algo que se comparte desde las raíces telúricas con el otro: “Desde entonces, niña de memoria, / hemos comulgado la misma sangre. / Ayer miramos nuestras caras, la mía es barro resquebrajado / más la tuya surge del silencio…”. Errol Caballero publica El vértigo azul (1998) y también aparece en La antología de novísimos poetas (1999). Para Errol no existe límites en el lenguaje y las palabras parecen salirle tan abundantes y frescas como para construir discurso largos y expresivos donde el tema del viajero y las geografías universales quedan registradas: “Venecia: la violenta protesta / de tus góndolas contra las aguas espesas, / el obeso estremecimiento / de tus palomas aceradas, / la pétrea ayaculación de tus / abovedadas torres, las efigies de tus santos / esculpidas por etéreas manos”.

Salvador Medina Barahona (1973) publica Mundo de sombra (1999). El libro de 155 páginas contiene un gran aporte a la lírica panameña. El poeta se sumerge en la extraña condición humana con un lenguaje que varia en sus estructuras rítmicas, a veces con precipitación espontánea y otras con una prosa poética de resistencia. Las pausas y los silencios abundan en  el libro. La frase cortante como verso preciso y la palabra aislada deja ver a oscuros personajes: “Hay jóvenes grises, como yo, / lanzas con su extremo en trizas,”. Más adelante la palabra es libre como la caída de una cascada: “…La casa vacía …/ La sangre / La miseria / El semen / La herida / El amor / El fuego / La lucha / La batalla / (…) Las putas / Las nalgas / Las caries / El alma (…)”.

Quiero cerrar este breve recorrido con una mirada a dos poetas jóvenes que descuellan a finales de 1999. Katia Chiari (1969) y Javier Alvarado (1982). Katia Chiari gana el Premio de Poesía Gustavo Batista en 1999 con su libro Lagartijas y estrellas; en el mismo certamen gana la mención de honor Javier Alvarado con Poemas de miseria, llanto y amargura. Aunque el libro sale en el 2000 quiero incluir a estos dos jóvenes poetas en la promoción de los noventa porque es cuando empiezan a darse a conocer en concurso y talleres literarios. Hasta la fecha Javier Alvarado se ha destacado como una revelación en la poesía panameña más reciente y Katia Chiari ha publicado ya cuatro libros de poemas y ha representado a Panamá en encuentros internacionales de poesía. En Katia Chiari encontramos un erotismo salpicado de lo cotidiano y lo lúdico: “Bajo el encaje de la noche / entre sal, barcos y cervezas / fuimos vírgenes, yo en tu cuerpo, / tú en mi cuerpo. / Los dos a merced de nuestras carnes, / mañana consumida por la piel”. Javier Alvarado en su discurso nos regala versos cargados de un romanticismo oscuro y un desencanto bastantes agresivo que apela alguna vez a la nostalgia: “He bebido / de los amargos néctares / de la flor de la mentira. / Y no oigo / las viejas canciones / y los tangos lejanos del ayer / que me hacían sonreír”.

Hemos tratado de dar una breve mirada  a la producción más representativa de la nueva poesía panameña en la década de los noventa. Nos toca observar que algunos de estos poetas no coinciden en los mismos temas ni en los mismos recursos, por lo que no se puede hablar todavía de una generación con cuerpo doctrinal definido. Todos coinciden en publicar en la misma década, pero algunos son de generaciones anteriores (Obando, Montenegro, Guardia, Testa, Sánchez, Mariscal), mientras que los demás aparecen por primera vez en el escenario literario (Moreno, Chiari, Alvarado, Salazar, Mariscal. Limnio, Medina, Caballero).  El modo de representación de la realidad de estos poetas radica en procedimientos artísticos variados (el verso libre, el soneto, los romances) y en preferencias similares en los temas (la nostalgia, el desencanto, la patria, el amor, la ciudad, lo erótico). Advertimos también las preocupaciones sociales y lo existencial expresado desde la interioridad.

 

 

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