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Enero 26, 2007

Requien para ballenato

Archivado en: Cuentos — carlosfong27 @ 1:51 pm

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Durante toda su adolescencia Cara de Bebi trabajó lustrando los zapatos de cientos de chorreranos. Hoy es barbero y tiene su propio negocio cerca del parque 3 de noviembre. De vez en cuando, si alguien se lo recuerda, narra aquella broma que le hizo a Ballenato con una mezcla de satisfacción y nostalgia. Para entonces, tenía su silla de limpiabotas a la entrada del antiguo Más por Menos, frente a La Estrella, donde dicen que una vez se guareció Victoriano Lorenzo de los conservadores.

Ballenato, el loco del pueblo que se imaginaba siempre conduciendo un auto, llegó esa tarde y parqueó su carro imaginario frente al comisariato. Ballenato era todo un personaje. Hubo días en que provocó hasta tranques descomunales y el guardia de tránsito, para que Ballenato no fuera atropellado, tenía que seguirle la corriente y ayudarlo a empujar su carro, que se había descompuesto en plena calle, para estacionarlo a un lado de la vía.

Aquella mañana, como casi siempre, Ballenato llegó con todos sus ademanes de conductor: girando el timón, metiendo cambios cautelosos, echando reversa, hasta que logró parquear su carro al lado de la silla de Cara de Bebi; fue cuando se le ocurrió la broma.

Cuando regresó Ballenato y se preparaba para abrir la puerta de su carro, Cara de Bebi le dijo que cuál carro iba a manejar si se lo habían robado en su ausencia. La ira de Ballenato fue tan grande que casi destruye las sillas de los limpiabotas porque dejaron que se llevaran el carro. Al día siguiente, Ballenato regresó manejando y volvió a parquearse. Cara de Bebi le preguntó que si había recuperado el carro. Ballenato dijo que no, pero que ahora a éste no le iba a dejar la llave.

Carlos Fong

EL ESPÍRITU SACRÍLEGO

“Ahora estoy surcando los linderos del enigmaSoy una ráfaga de vientoInsoslayable al fuego de mi luzSoy una ráfaga de auroraCercenando el rostro de la nocheSoy un hálito en el soplo etéreo del respiroSoy él y soy su semejanza”.

El espíritu del nuchu 

Aiban Velarde

            Desde hace algún tiempo lo vengo observando. Lo seguía detenidamente hacia donde se movía. Lo escruté sigilosamente mientras se sentaba en la mesa. Me acompañó, como siempre, a comer; luego se movió y le seguí los pasos. Se detuvo un rato debajo de la hamaca. Esperé pacientemente por un largo rato y lo vi como el mismo de siempre: como un ser vivo. Lo he visto muchas veces jugar desnudo. Corre por el patio desnudo y se trepa a los árboles, se sube a la mesa, se mece en la hamaca, se trepa por las paredes de la casa, se tira por la ventana. Un día lo sorprendí en una reunión con otros de sus similares. Uno se preparaba para ayudar en la pesca; otro para ir de cacería; otro para sacar una espina de pescado;  otro se dirigía para cuidar el sueño; otro para espantar al miedo; otro para cuidar la aldea de un desastre;  otro protegía a los niños de los peligros; otro para la construcción de una casa; otro se disponía para una fiesta y bailar la danza; otro para el canto;  y otro guardaba el secreto mayor…ahora, que he penetrado en él, conozco el secreto; pero ya no soy humano…ahora tengo su semejanza.

            Se podría decir que todo empezó cuando mi madre lo invitó un día a desayunar para que me acompañara. A mi me pareció como un juguete, pero luego sentí su presencia.  Yo era a penas un niño y sentí su presencia mágica. Fue la primara vez que lo vi vivo, radiante y vigoroso. Parecía un señor pequeño. Un hombrecillo pequeño con poder sobre las cosas; sobre todo para curar. Cada vez que yo enfermaba mi madre lo llamaba y se aparecía de inmediato con su cara pintada de achiote y envuelto en una nube de humo. Podía verlo tomar fuerza cuando aspiraba el humo de las semillas de cacao. Enseguida los malos espíritus se reprimían y la fiebre o la amenaza de dolor desaparecía.  Desde entonces lo empecé a perseguir; lo miraba salir por debajo de la hamaca y lo seguía para observar sus movimientos hasta que un día me descubrió. Creo que siempre supo que lo seguía. Él siempre inteligente, siempre fuerte, siempre prepotente y orondo; dueño de sí mismo; zalamero y altanero.  Un día me castigaron porque dije que lo había visto haciendo el amor. Mi padre me dijo que eso era un sacrilegio. El castigo fue no ir por una semana al mar. Mi padre sabía cuánto me gustaba estar en el mar. Ver a los pescadores regresar de su faena; nadar y sumergirme en las aguas saladas del magnífico mar. Explorar los corales donde a veces él zanganea y se entretiene con los cardumes de peces multicolores. Lo he visto muchas veces esconderse en la grupa de las ballenas o tomarse de la cola de los delfines.  Entonces empecé a llorar encerrado en la casa y me dormí.

             Ese mismo día soñé con él. En el sueño se apareció el nahual,  el jaguar y el arte ego. Cuando desperté le conté el sueño a los ancianos y ellos dijeron que había soñado con los espíritus y enseguida mi padre me levantó el castigo. A los pocos días ocurrió algo inesperado: volvía a tener otro sueño con él. En esta ocasión me dijo su nombre: Ologanagunkinele. Yo traté, inútilmente, de mascullar algunas palabras, pero no pude. Me parecía algo asombroso que él me dijera su nombre. Me dijo que al despertar fuera corriendo con los ancianos a contar mi sueño y dijera su nombre. Fue lo primero que hice al despertar. Los ancianos se asombraron esta vez más y me contaron que aquel espíritu era Ologanagunkiler, un gran antepasado nele que trajo consigo el brasero de arcilla que utilizan los nergan, los granos de cacao, el tabaco de las ceremonias y la flauta de los gammdurgan. Aquel espíritu vio el secreto de la luminaria de los ocho hermanos que ascendieron en su nave de oro por todos los ángulos de
la Madre Tierra, luchando y debatiéndose con feroces monstruos. Los ocho hermanos se prepararon para la guerra; se armaron de arcos y flechas y con los elementos del combate. La nave de los ocho navegó por el dorso de la tierra, lenta y solemne, sacudiendo todos los ángulos; la nave subía y rugía y no se detenía; a medida que ascendía iba repartiendo luz  por toda la tierra. Pero legiones de espíritus malignos impedían la entrada del sol y los ocho hermanos se prepararon para hacerle frente al mal. Los ocho hermanos vencieron; quemaron y fundieron a sus enemigos. Mientras tanto la nave ascendía, se estremecía como un torbellino al tiempo que la vida se regocijaba y florecía con el triunfo de los ocho hermanos.

             Entonces regresé casa y lo encontré debajo de la hamaca, parecía dormido. Lo invité a comer. Después de la comida lo bañé con albahaca y lo pinté de achiote. Semanas después comencé a sentir fuertes dolores de cabeza y él continuaba apareciendo en mis sueños, pero me consolaba diciéndome que no tuviera miedo. Un día mi madre lo puso en la mesa y sucedió lo inevitable: lo tomé y corriendo fui al mar y lo lancé lejos. Fue entonces cuando empecé a darme cuenta de mi transformación. Mi madre asustada lo buscó y empezó a implorarle perdón, porque no había sido mi intención provocarlo. Yo le dije a mi madre: ya no lo quiero, ya no lo necesito…ahora soy él.

            En la aldea hay un gran regocijo: una criatura va a nacer. Los adolescentes se han ido a cortar hojas de platanillos. El recinto ha sido cubierto con sábanas blancas. La jagua está lista para pintar el cuerpo de la embarazada. Pero algo anda mal y el Innatuledi  invocará al espíritu necesario, porque la criatura está en una posición incorrecta. Unos malos espíritus se encargaron de colocarla así. Entonces es cuando hago mi intervención. Entre al útero de la muchacha y allí libré una batalla sin descansar; invoqué a Bab Dummat y él supo responderme. Aspiré el humo de las semillas de cacao y me fortalecí con el canto del Mu-igala. Finalmente, al amanecer, nació una hermosa niña. Y a mí me volvió a poner mi madre debajo de la hamaca y acariciándome la cara empapada de achiote escuché cuando me decía con ternura: fue un gran trabajo, hijo mío.

            Ya lo dije antes, cuando era humano: hay un espíritu sacrílego del nuchu. Yo lo vi un día haciendo el amor y me castigaron por eso. Ahora yo, desde este recinto, de vez en cuando salgo a brincar por la mesa, a saltar por los árboles, a correr desnudo por la playa y a jugar con mis hermanos a la ronda. Y cada vez que nos necesitan vamos cada cual a su deber. Aunque yo prefiero, lo digo con sinceridad, bañarme con albahaca y hacer el amor con la luna clara y frente a este mar maravilloso. Porque ahora estoy surcando los linderos del enigma,  soy una ráfaga de viento, insoslayable al fuego de mi luz, soy una ráfaga de aurora, cercenando el rostro de la noche, soy un hálito en el soplo etéreo del respiro, soy él y soy su semejanza…soy el espíritu sacrílego del nuchu.

           

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